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Chavela Vargas

María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano, nació el 17 de abril de 1919 en Heredia, Costa Rica. Años más tarde sería conocida internacionalmente como Chavela Vargas.

Musa de poetas, compositores y cineastas, supo desde muy joven que su vida sería de claroscuros, una vida de multitudes e intimidades, de encuentros y despedidas, de amor y desamor, sin lugar a las medias tintas.

De la mano de José Alfredo Jiménez se hizo cantante y juntos supieron que la vida no vale nada, que las ciudades destruyen las costumbres, que a veces es preciso decir otra mentira, que los mariachis callan y que en el último trago nos vamos.

Rebelde, desafiante, Chavela vestía pantalones, fumaba tabaco, bebía tequila y llevaba pistola al cinto. Creadora de una leyenda, Chavela llegó a confesar haber sido parrandera, bebedora y enamorada. Una vida de excesos llevada al límite, en el que terminó por beberse las noches y los días, en la que prefirió amar antes que ser amada. Mujer de todos y de nadie, que se hundió y resurgió un millón de veces, una visión apasionada y desgarradora de su mundo interior.

Amiga de Diego y de Frida, pero más de Frida que de Diego. “Yo nací así, mis Dioses me hicieron así” declaró alguna vez.

En Cuba conoció a Nicolás Guillén y así nació el “ponme la mano aquí, Macorina”. Cansada, una mañana cerró las puertas de su casa y volvió a abrirlas veinte años después y salió a cantarle al mundo y a comérselo todo y en España se peleaban por verla, Almodóvar y Sabina y Bosé y todos se rindieron a sus pies. En el Olympia de París su voz profunda y desgarradora volvió locos a los franceses, igual sucedió en el Carnegie Hall de Nueva York y en el mismísimo Palacio de Bellas Artes en México.

Redescubrirla a ella significa redescubrirnos a nosotros mismos, volver a enamorarnos para siempre.

Chavela Vargas representa una leyenda donde la verdad se mezcla con la fantasía y permanece por siempre cubierta en su mítico jorongo rojo.

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